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El Placer del Windsurf

Memoria

Años 80–90

Cuando las velas eran un arcoíris, las tablas se acortaban y la bahía de Santander era, todavía, un patio de vecinos con botavara.

La Magdalena. El archivo de quien empezó en la bahía.
La misma orilla, otro día. Velas de entonces.

La preciosa bahía de Santander ha sido el crisol del que hemos salido el 99% de los windsurfistas de Cantabria. El Club Náutico La Horadada fue el punto de inicio, y a la vez de reunión, de la familia del windsurf en esta costa. Se salía —y se sale— desde la playa de Peligros.

En los ochenta se podían hacer cursillos de una semana, con grupos más o menos numerosos, a un precio bastante asequible. Eran otros tiempos: el material era más cándido, las velas más coloridas, y el deporte todavía olía a novedad. De aquellas semanas salieron aficiones que no se han apagado.

Luego llegaron las tablas cortas, el funboard, y Liencres dejó de ser solo un paisaje de dunas para convertirse en el spot por excelencia del norte. Valdearenas, con su barra, su ría y su NE de verano, pidió otro tipo de navegación: más rápida, más aérea, más seria. El que aprendió en Pedreña encontró de pronto un mar que no perdona igual.

Los noventa consolidaron una comunidad. Nombres que hoy están en las colecciones de fotos —Agustín, Pablo Bolado, Luis Marina, Paco, Mateo, Alex, Jose Luis— no son un pie de foto: son el archivo de una orilla. Algunos ya no están. Por eso esta página se llama memoria, no nostalgia.

El material cambió, el kite llegó, el wingfoil se ha sentado en Orzales. Lo que no ha cambiado es la lógica de esta costa: leer el viento, mirar la marea, ceder el paso y volver a tierra con una historia. Eso, todavía, es el placer del windsurf.